El Conde de Montecristo

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—Pero —dijo el armador siguiendo con la mirada a Dantès, que intentaba el fondeo—, pero me parece que no hay necesidad de ser tan marino viejo como usted dice, Danglars, para conocer su oficio, y ahí tiene a nuestro amigo Edmond, que cumple con el suyo, me parece, como hombre que no necesita pedir consejos a nadie.

—Sí —dijo Danglars echando a Dantès una aviesa mirada en la que brillaba un destello de odio—, sí, es joven, y no duda de nada. En cuanto murió el capitán tomó el mando sin consultar a nadie, y además nos hizo perder un día y medio en la isla de Elba en lugar de regresar directamente a Marsella.

—En cuanto a tomar el mando del navío —dijo el armador— era su deber como segundo; en cuanto a perder un día y medio en la isla de Elba, ahí se equivocó, a menos que el navío tuviera que reparar alguna avería.

—El navío estaba tan bien como yo, y como deseo que lo esté usted, señor Morrel; y esa jornada y media se perdió por puro capricho, por el gusto de bajar a tierra, eso es todo.

—Dantès —dijo el armador volviéndose hacia el joven—, venga aquí.

—Perdón, señor —dijo Dantès—, enseguida estoy con usted.

Después, dirigiéndose a la tripulación:

—¡Fondeo! —dijo.


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