El Conde de Montecristo

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Rápidamente cayó el ancla y la cadena se deslizó ruidosamente. Dantès se quedó en su puesto, a pesar de la presencia del práctico, hasta que esta última maniobra se vio concluida; después, añadió:

—¡Bajen el gallardete a medio mástil, pongan la bandera a media asta, embiquen las vergas!

—Ve usted —dijo Danglars—, se cree ya capitán, palabra.

—Y de hecho lo es —dijo el armador.

—Sí, salvo la firma de usted y la de su socio, señor Morrel.

—¡Hombre! ¿Por qué no íbamos a dejarle en ese puesto? —dijo el armador—. Es joven, ya lo sé, pero me parece muy apropiado y muy experimentado en su oficio.

Una nube pasó por la frente de Danglars.

—Perdón, señor Morrel —dijo Dantès al acercarse—; ahora que el navío está fondeado, ya soy todo suyo, me ha llamado usted, ¿verdad?

Danglars retrocedió un paso.

—Yo quería preguntarle, Dantès, por qué se detuvo usted en la isla de Elba.

—Lo ignoro, señor, era para cumplir la última orden del capitán Leclère, que, al morir, me remitió un paquete para el gran mariscal Bertrand.

—¿Entonces le vio usted, Edmond?

—¿A quién?


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