El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Al gran mariscal.
—SÃ.
Morrel miraba a su alrededor y atrajo a Dantès aparte.
—¿Y cómo está el emperador? —preguntó rápidamente.
—Bien, tal como pude juzgar por mis propios ojos.
—¿Asà que usted vio también al emperador?
—Entró donde el mariscal cuando yo estaba con él.
—¿Y le habló usted?
—Mejor decir que fue él quien habló conmigo, señor —dijo Dantès sonriendo.
—¿Y qué le dijo?
—Me hizo preguntas sobre el buque, sobre la fecha en la que zarparÃa hacia Marsella, sobre la ruta que habÃa seguido y sobre la carga que llevaba. Creo que si hubiera estado vacÃo y que si yo hubiera sido el dueño, su intención hubiera sido comprarlo; pero le dije que yo era un simple segundo, y que el buque pertenecÃa a la casa Morrel e hijo. «¡Ah!», dijo, «la conozco. Los Morrel son armadores de padre a hijo, y habÃa un Morrel que servÃa en el mismo regimiento que yo, cuando yo estaba en guarnición en Valence».