El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¿Y dónde está ese pobre desgraciado? —preguntó Renée.

—Está en mi casa.

—Vaya usted, amigo mío —dijo el marqués—, no incumpla sus deberes por quedarse con nosotros cuando el servicio del rey le reclama en otro sitio; vaya, pues, donde el servicio del rey le reclama.

—¡Oh! Señor de Villefort —dijo Renée, juntando las manos en señal de súplica—, sea indulgente, ¡es el día de nuestro compromiso!

Villefort dio una vuelta alrededor de la mesa, y al acercarse a la silla de la joven, apoyándose en el respaldo le dijo:

—Para evitarle a usted una inquietud haré todo lo que pueda, querida Renée; pero si los indicios son claros, si la acusación es cierta, tendré que cortar esa mala hierba bonapartista.

Renée se estremeció ante esa palabra de cortar, pues esa hierba a la que había de cortar tenía una cabeza.

—¡Bah!, ¡bah! —dijo la marquesa—, no escuche a esta niña, Villefort, ya se acostumbrará.

Y la marquesa tendió a Villefort su mano seca que él besó, sin dejar de mirar a Renée y diciéndole con los ojos:

«Es la mano de usted la que beso, o al menos la que me gustaría besar en este momento.»


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