El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Durante la velada, el accidente de Auteuil fue el tema de todas las conversaciones: Albert lo contaba a su madre, Château-Renaud en el Jockey-Club, Debray en el salón del ministro; incluso el mismo Beauchamp tuvo con el conde la galantería de incluir en su periódico un suceso de veinte líneas que colocó al noble extranjero como héroe ante todas las damas de la aristocracia.
Mucha gente fue a inscribirse en casa de la señora de Villefort a fin de obtener el derecho a hacerle una visita de vez en cuando y oír de su propia boca todos los detalles de su pintoresca aventura.
En cuanto al señor de Villefort, como había dicho Héloïse, escogió un traje negro, guantes blancos y a su mejor lacayo y subió a su carroza que vino, aquella misma tarde, a detenerse a la puerta del número 30 de la casa de los Champs-Elysées.