El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Ideología
Si el conde de Montecristo hubiera vivido desde hace tiempo en el mundo parisino, hubiera apreciado en todo su valor la gestión que llevaba a cabo el señor de Villefort para con él.
Bien situado en la corte, ya fuera el rey reinante de la rama primogénita o de la rama benjamina; o el ministro gobernante doctrinario, liberal o conservador; considerado hábil por todos, como se considera generalmente hábiles a los hombres que nunca han sufrido fracasos políticos; odiado por muchos, pero cálidamente protegido por algunos, y, sin embargo, sin ser amado por nadie, el señor de Villefort disfrutaba de una de esas altas posiciones de la magistratura, y se mantenía en esa altura como un Harlay o como un Molé[1]. Su salón, regenerado con una mujer joven y con una hija de su primer matrimonio, de apenas dieciocho años, no por ello dejaba de ser uno de esos salones severos de París en los que se observa el culto de las tradiciones y la religión de rigor. La cortesía fría, la fidelidad absoluta a los principios gubernamentales, un desprecio profundo por las teorías y por los teóricos, el profundo odio a los ideólogos, tales eran los elementos de la vida interior y pública exhibidos por el señor de Villefort.