El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Y Montecristo indicó con la mano al fiscal del rey un sillón que este se vio obligado a acercar él mismo, mientras que el conde solo tenía que dejarse caer sobre el que tenía apoyada la rodilla cuando el procurador del rey entró. De esta manera el conde se encontró medio dando la vuelta a su visitante, dando la espalda a la ventana y el codo apoyado en el mapa, que era por el momento objeto de la conversación, conversación que tomaba, como había ocurrido en casa de Morcerf y en casa de Danglars, un giro totalmente análogo, si no a la situación, sí al menos a los personajes.
—¡Ah! Filosofa usted —repuso Villefort después de un instante de silencio, durante el cual, como un atleta que se las ve con un rudo adversario, había hecho acopio de fuerzas—. Y bien, señor, ¡palabra de honor!, si yo no tuviera nada que hacer como usted, buscaría una ocupación menos triste.
—Es cierto, señor —repuso Montecristo—, el hombre es una fea oruga para quien lo estudia al microscopio solar. Pero, dice usted, creo, que yo no tenía nada que hacer. Veamos, ¿por casualidad, cree usted que tiene algo que hacer, usted, señor? O para hablar más claramente, ¿cree usted que lo que usted hace merece la pena de llamarse hacer algo?