El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Villefort, asombrado de esa salida que no se esperaba, se sobresaltó como un soldado que siente el golpe que recibe bajo la armadura de la que va cubierto, y un pliegue de sus desdeñosos labios indicó que desde el principio no consideraba al conde de Montecristo como un gentilhombre bien civilizado.
Echó una mirada por todo alrededor como para colgar en algún sitio la conversación caída y que parecía haberse roto al caer.
Vio el mapa que consultaba Montecristo en el momento en el que él entraba, y repuso:
—¿Estudia usted geografía, señor? Es un estudio muy provechoso, sobre todo para usted que, por lo que me aseguran, ha visto tantos países como hay grabados en ese atlas.
—Sí, señor —respondió el conde—, quise hacer sobre la especie humana, tomada en su conjunto, lo que usted practica cada día sobre las excepciones, es decir, un estudio fisiológico. Pensé que me sería más fácil bajar después del todo a la parte, más que de la parte al todo. Es un axioma algebraico que ordena que se proceda de lo conocido a lo desconocido, y no de lo desconocido a lo conocido… pero, siéntese, señor, se lo ruego.