El Conde de Montecristo

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—Señor —dijo Villefort con ese tono chillón afectado de los magistrados en sus circunloquios oratorios, y del que no quieren o no pueden desprenderse en la conversación—, señor, el destacado servicio que usted prestó ayer a mi mujer y a mi hijo me obligan al deber de agradecérselo. Vengo, pues, a cumplir con ese deber y a expresarle todo mi reconocimiento.

Y al pronunciar estas palabras, el magistrado, la mirada severa del magistrado, no había perdido nada de su arrogancia habitual. Las palabras que acababa de decir habían sido articuladas con su voz de fiscal, con esa rigidez inflexible de cuello y hombros que hacía decir a sus aduladores, y que nosotros repetimos, que era la viva estatua de la ley.

—Señor —repuso el conde a su vez con una frialdad glacial—, me siento muy feliz de haber podido devolver un hijo a su madre, pues se dice que el sentimiento de la maternidad es el más santo de todos, y esa dicha le dispensaba a usted de cumplir con un deber, cuya ejecución me honra sin duda, pues sé que el señor de Villefort no prodiga el favor que me hace, pero que, por muy preciado que sea, no vale, sin embargo para mí, tanto como la satisfacción interior.


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