El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Perdón, señor —repuso Villefort estupefacto—, pero me disculpará usted si al presentarme en su casa yo ignoraba que me presentaba en casa de un hombre cuyos conocimientos y cuyo espíritu sobrepasan de largo los conocimientos ordinarios y el espíritu habitual de los hombres. No es de uso entre nosotros, desgraciados corrompidos por la civilización, que los gentilhombres poseedores como usted de una inmensa fortuna, al menos es lo que se asegura —observe que yo no interrogo, sino que solamente repito—, no es de uso, digo, que esos privilegiados de la riqueza pierdan su tiempo en especulaciones sociales, en sueños filosóficos, hechos, todo lo más, para consolar a los que la suerte ha desheredado de los bienes de la tierra.

—¡Eh! Señor —repuso el conde—, ¿es que ha llegado usted a la posición eminente que ocupa sin haber admitido, e incluso sin haber encontrado excepciones?; ¿es que nunca ha ejercitado sus ojos, a los que sin embargo les serían tan necesarias la finura y la certeza, en adivinar desde el primer golpe de vista qué clase de hombre caía bajo su mirada? ¿Un magistrado no debería ser, no ya el mejor aplicador de la ley, no ya el más solapado intérprete de las oscuridades de los pleitos, sino una sonda de acero para probar los corazones, una piedra de toque para probar el oro con el que toda alma está hecha, aún con más o menos mezcla de impurezas?


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