El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Señor —dijo Villefort—, usted me confunde, palabra, nunca oà a nadie hablar asÃ.
—Es porque usted se ha quedado siempre encerrado en el cÃrculo de las condiciones generales, y nunca ha osado elevarse en un vuelo hacia las esferas superiores que Dios ha poblado de seres invisibles o excepcionales.
—¿Y usted admite, señor, que esas esferas existen y que esos seres excepcionales e invisibles se mezclan con nosotros?
—¿Por qué no? ¿Es que usted ve el aire que respira y sin el que no podrÃa vivir?
—Entonces, ¿no vemos a esos seres de los que usted habla?
—Claro que sÃ, los vemos cuando Dios permite que se materialicen; les tocamos, nos codeamos con ellos, les hablamos, y ellos nos responden.
—¡Ah! —dijo Villefort sonriendo—. Confieso que me gustarÃa estar prevenido cuando uno de esos seres se pusiera en contacto conmigo.
—Pues está usted servido en su deseo, señor, pues se le ha prevenido hace un momento, y ahora incluso, yo mismo le prevengo.
—¿Asà que usted mismo?