El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Yo soy uno de esos seres excepcionales, sÃ, señor, y creo que, hasta ahora, ningún otro hombre se ha encontrado en una situación semejante a la mÃa. Los reinos de los reyes son limitados, ya sea por las montañas, ya sea por los rÃos, ya por el cambio de costumbres o por las mutaciones del lenguaje. Mi reino, el mÃo, es grande como el mundo, pues no soy ni italiano, ni francés, ni hindú, ni americano, ni español: soy cosmopolita. Ningún paÃs puede decir que me vio nacer. Dios sabe qué tierra me verá morir. Adopto todas las costumbres, hablo todas las lenguas. Usted me cree francés, usted, ¿no es asÃ?, pues hablo con la misma facilidad y la misma pureza que usted. Pues bien, AlÃ, mi nubio, me cree árabe; Bertuccio, mi intendente, me cree romano; Haydée, mi esclava, me cree griego. Asà que usted comprende, no siendo de ningún paÃs, no pidiendo protección a ningún gobierno, no reconociendo a ningún hombre como a mi hermano, ni uno solo de los escrúpulos que detienen a los poderosos o de los obstáculos que paralizan a los débiles me paraliza ni me detiene. Yo sólo tengo dos adversarios; no diré dos vencedores, pues les someto con persistencia: son la distancia y el tiempo. El tercer adversario, y el más terrible, es mi condición de hombre mortal. Sólo esa condición puede detenerme en mi camino, y antes de que haya alcanzado la meta a la que me dirijo: todo lo demás lo tengo calculado. Lo que los hombres llaman las casualidades de la suerte, es decir: la ruina, el cambio, las eventualidades, las tengo todas previstas; y si pudieran alcanzarme algunas, ninguna puede abatirme por completo. A menos que muera, seré siempre lo que soy; por eso le digo cosas que nunca ha oÃdo, ni siquiera en boca de reyes, pues los reyes le necesitan a usted, y todos los demás le temen. ¿Quién no se ha dicho alguna vez, en una sociedad tan ridÃculamente organizada como la nuestra: «quizá un dÃa tenga que vérmelas con el fiscal del rey»?