El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Pero, usted mismo, señor, puede decirse eso, pues desde el momento en el que vive usted en Francia, está naturalmente sometido a las leyes francesas.
—Lo sé, señor —respondió Montecristo—; pero cuando tengo que ir a un paÃs, comienzo a estudiar, por los métodos que me son propios, a todos los hombres de los que tendré que esperar o temer algo, y llego a conocerlos muy bien, quizá mejor de lo que ellos se conocen a sà mismos. Eso conduce al resultado de que el fiscal del reino, cualquiera que sea, con quien podrÃa tener algo que ver, se encontrarÃa ciertamente con más dificultades que yo mismo.
—¿Lo que quiere decir —repuso dubitativamente Villefort—, que siendo débil la naturaleza humana, todo hombre, según usted, ha cometido… faltas?
—Faltas… o crÃmenes —respondió negligentemente Montecristo.
—Y que sólo usted, entre los hombres que no reconoce como hermanos, usted mismo lo ha dicho —repuso Villefort con una voz ligeramente alterada—, ¿sólo usted es perfecto?
—No, no perfecto —respondió el conde—; impenetrable, eso es todo. Pero cortemos aquÃ, señor, si la conversación le desagrada; yo no estoy amenazado por su justicia, como usted no lo está de mi doble punto de vista.