El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡No, no, señor! —dijo vivamente Villefort, que sin duda temÃa parecer que abandonaba el terreno—. ¡No! Con su brillante y casi sublime conversación, usted me ha elevado por encima del nivel ordinario; ya no hablamos, disertamos. Ahora bien, usted sabe cuántas verdades, a veces crueles, se dicen; los teólogos en sus cátedras de la Sorbona, o los filósofos en sus discusiones; supongamos que disertamos sobre teologÃa social y filosofÃa teológica, pues yo le diré esta, por muy ruda que sea, hermano, usted se entrega al orgullo; usted está por encima de los demás, pero por encima de usted está Dios.
—¡Por encima de todos, señor! —respondió Montecristo con un acento tan profundo que Villefort tembló involuntariamente—. Tengo mi orgullo ante los hombres, serpientes siempre dispuestas a levantarse contra quien les sobrepasa una cabeza sin aplastarlas con el pie. Pero cejo en mi orgullo ante Dios, que me sacó de la nada para convertirme en lo que soy.