El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Entonces, señor conde, le admiro —dijo Villefort, que por primera vez en este extraño diálogo acababa de emplear esa fórmula aristocrática frente al extranjero al que hasta entonces habÃa llamado señor—. SÃ, se lo digo, si usted es realmente fuerte, realmente superior, realmente santo e impenetrable, lo que, tiene usted razón, viene a ser lo mismo, sea usted soberbio, señor; es la ley de la dominación. ¿Tendrá usted al menos alguna ambición?
—SÃ, tengo una, señor.
—¿Y cuál es?