El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Yo también, como sucede a todo hombre al menos una vez en la vida, yo también fui arrastrado por Satán hasta la más alta montaña, y una vez allí, me mostró el mundo entero, y como también le dijo a Cristo, me dijo: «veamos, hijo de los hombres, ¿qué quieres por adorarme?» entonces reflexioné largamente, pues desde hacía mucho tiempo una terrible ambición devoraba efectivamente mi corazón; después le respondí: «Escucha, siempre he oído hablar de la Providencia y sin embargo no la he visto nunca, ni nada que se le parezca, lo que me hace creer que no existe; yo quiero ser la Providencia, pues sé que lo más bello, lo más grande y lo más sublime del mundo es recompensar y castigar». Pero Satán bajó la cabeza y dio un suspiro. «Te equivocas», dijo, «la Providencia existe; lo que ocurre es que tú no la ves, porque siendo hija de Dios es invisible como su Padre. No has visto nada que se le parezca, porque ella procede por resortes ocultos y camina por vías oscuras; todo lo que puedo hacer es hacer de ti uno de esos agentes de la Providencia». El trato estaba hecho; perderé en él tal vez mi alma, pero no importa —prosiguió Montecristo—, y aunque tuviera que hacer el mismo trato, lo volvería a hacer de nuevo.

Villefort miraba a Montecristo con un sublime asombro.

—Señor conde —dijo—, ¿tiene usted padres?

—No, señor; estoy solo en el mundo.


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