El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Mi conclusión es, señor —respondió Villefort—, que mi padre, dispersado por las pasiones, cometió algunas de esas faltas que escapan a la justicia humana, pero que competen a la justicia de Dios, y que Dios, no queriendo castigar más que a una sola persona, sólo le ha golpeado a él.

Montecristo, con la sonrisa en los labios, dio un gran rugido en el fondo de su corazón, un rugido que hubiera hecho huir despavorido a Villefort, si Villefort hubiera podido oírlo.

—Adiós, señor —continuó el magistrado, que desde hacía tiempo se había levantado y hablaba de pie—; le dejo, llevándome de usted un recuerdo de estima que, espero, podrá ser de su agrado cuando me conozca mejor, pues yo no soy un hombre banal, ni mucho menos. Por otra parte, usted tiene en la señora de Villefort una eterna amiga.

El conde saludó y se contentó con acompañar solamente hasta la puerta de su gabinete a Villefort, el cual llegó a su coche precedido de dos lacayos que, a una señal de su amo, se apresuraron a abrirle la portezuela.

Después, cuando el fiscal del rey desapareció:

—Vamos —dijo Montecristo esbozando con esfuerzo una sonrisa desde su pecho oprimido—; vamos, suficiente veneno por hoy, y ahora que mi corazón está lleno, vamos a buscar el antídoto.


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