El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Montecristo llamó a la sirvienta griega para que solicitase de Haydée el permiso para entrar a verla.

Por toda respuesta, Haydée hizo un gesto a la sirvienta para que levantara el tapiz colgado delante de la puerta, desde cuyo marco se veía a la joven recostada como si fuera un atractivo cuadro. Montecristo fue hacia ella.

Haydée se incorporó sobre el codo del brazo que sujetaba el narguile, y tendió la otra mano al conde recibiéndole con una sonrisa:

—¿Por qué —dijo en la lengua sonora de las hijas de Esparta y de Atenas—, por qué me pides permiso para entrar en mi casa? ¿Es que ya no eres mi amo? ¿No soy yo tu esclava?

Montecristo sonrió a su vez.

—Haydée —dijo—, usted sabe…

—¿Por qué no me tratas de tú, como de costumbre? —interrumpió la joven griega—. ¿Acaso he cometido alguna falta? En ese caso, habrá que castigarme, pero no llamarme de usted.

—Haydée —repuso el conde—, sabes que estamos en Francia y, en consecuencia, eres libre.

—¿Libre para qué? —preguntó la joven.

—Libre de dejarme.

—¡Dejarte!… ¿Y por qué iba yo a dejarte?

—¿Yo qué sé? Vamos a ver a mucha gente.

—Yo no quiero ver a nadie.


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