El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Y si entre los apuestos jóvenes con los que te verás, encontraras a uno que te gustara, yo no serÃa demasiado injusto…
—Nunca he visto ningún hombre más apuesto que tú, y nunca he amado a otro más que a mi padre y a ti.
—¡Pobre niña! —dijo Montecristo—. Es que apenas has hablado con nadie, salvo con tu padre y conmigo.
—Y bien, ¿es que tengo necesidad de hablar con alguien? Mi padre me llamaba su alegrÃa; tú, tú me llamas tu amor, y los dos me llamáis vuestra niña.
—¿Te acuerdas de tu padre, Haydée?
La joven sonrió.
—Está aquà y aquà —dijo llevándose la mano a los ojos y después al corazón.
—¿Y yo, dónde estoy yo? —preguntó sonriendo Montecristo.
—¿Tú? —dijo ella— Tú estás en todas partes.
Montecristo cogió la mano de Haydée para besarla; pero la ingenua muchacha retiró la mano y le ofreció la frente.