El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Ahora, Haydée —le dijo—, sabes que eres libre, que eres dueña de ti misma, que eres reina; puedes seguir vistiendo así o no, como quieras; te quedarás aquí cuando quieras quedarte, saldrás cuando quieras salir; habrá siempre un coche preparado para ti; Alí y Myrto te acompañarán por todas partes y estarán a tus órdenes; solamente una cosa, te lo ruego.

—Di.

—Guarda el secreto sobre tu nacimiento, no digas ni una palabra de tu pasado; no pronuncies bajo ninguna circunstancia el nombre de tu ilustre padre ni el de tu pobre madre.

—Ya te lo he dicho, mi señor, no veré a nadie.

—Escucha, Haydée; quizá esta reclusión tan oriental sea imposible en París; continúa aprendiendo la vida de nuestros países del norte como hiciste en Roma, en Florencia, en Milán y en Madrid; eso te servirá siempre, tanto si continúas viviendo aquí como si vuelves a Oriente.

La joven levantó sus grandes ojos húmedos hacia el conde y respondió:

—Como si volvemos a Oriente, quieres decir, ¿no es así, mi señor?

—Sí, mi niña —dijo Montecristo—; tú sabes bien que yo nunca te dejaré. No es el árbol quien deja a la flor, sino la flor la que deja al árbol.


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