El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Yo nunca te dejaré, mi señor —dijo Haydée—, pues estoy segura de que no podría vivir sin ti.

—¡Pobre niña! Dentro de diez años yo seré viejo, y dentro de diez años, tú seguirás siendo joven.

—Mi padre tenía una larga barba blanca, y eso no me impedía amarle; mi padre tenía sesenta años, y me parecía más hermoso que todos los jóvenes que yo veía.

—Pero, vamos, dime, ¿crees que te acostumbrarás a vivir aquí?

—¿Podré verte?

—Todos los días.

—Y bien, ¿qué me preguntas entonces, señor?

—Temo que te aburras.

—No, mi señor, pues por la mañana pensaré que vendrás a verme, y por la noche recordaré que has venido; además, cuando estoy sola, tengo grandes recuerdos, veo inmensos cuadros, grandes horizontes con el Pindo y el Olimpo en la lejanía; además, tengo en mi corazón tres sentimientos con los que nunca puedo aburrirme: tristeza, amor y agradecimiento.

—Eres digna hija del Epiro, Haydée, gentil y llena de poesía, bien se ve que desciendes de esa familia de diosas que nació en tu país. Estate tranquila, hija mía, obraré de tal manera que tu juventud no se vea perdida, pues si me amas como a tu padre, yo te amo como hija.


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