El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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El ruido de los pasos hizo levantar la cabeza a una joven de veinte a veinticuatro años, vestida con una bata de casa de seda, y limpiando de rosas marchitas, con un cuidado muy particular, un rosal avellana.

Esta mujer era nuestra pequeña Julie, convertida, como lo había predicho el mandatario de la casa Thomson y French, en la señora de Emmanuel Herbault.

Julie dio un grito al ver al viajero. Maximilien se echó a reír.

—No te molestes, hermanita, el señor conde sólo lleva dos o tres días en París, pero ya sabe lo que es una rentista del Marais, y si no lo sabe, tú se lo vas a enseñar.

—¡Ah! Señor —dijo Julie—, traerle así es una traición de mi hermano, que no tiene para con su pobre hermana la menor coquetería… ¡Penelon!… ¡Penelon!…

Un anciano, que layaba una platabanda de rosales de Bengala, dejó la laya en el suelo y se acercó, con el gorro en la mano, disimulando lo mejor que podía una mascada de tabaco colocada momentáneamente en las profundidades de sus mejillas. Algunas mechas blancas plateaban una cabellera todavía espesa, mientras que su tez bronceada y sus ojos vivos delataban aún al viejo marino, tostado por el sol del ecuador y bronceado por el soplo de las tempestades.


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