El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Creo que me ha llamado, señorita Julie —dijo—; aquí me tiene.

Penelon seguía con la costumbre de llamar a la hija de su patrón señorita Julie, y no se acostumbraba al nombre de señora Herbault.

—Penelon —dijo Julie—, vaya a avisar al señor Emmanuel de la agradable visita que tenemos, mientras que Maximilien lleva al señor conde al salón.

Después, dirigiéndose a Montecristo:

—El señor me permitirá que me escape un momento, ¿no?

Y, sin esperar el asentimiento del conde, se fue corriendo por detrás de un macizo de flores y llegó a la casa por un sendero lateral.

—¡Ah, vaya! ¡Mi querido señor Morrel! —dijo Montecristo—. Veo con pena que he causado una revolución en su familia.

—Mire, mire —dijo Maximilien riendo—, ¿ve allá al marido que también va a cambiar su chaqueta por una levita? ¡Oh! Es que ya le conocen a usted en la calle Meslay, ya estaba usted anunciado, le ruego que se lo crea.

—Me parece que tiene usted, señor, una familia feliz —dijo el conde, ateniéndose a su propio pensamiento.


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