El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Era comerciante, señor conde, y había cogido la casa de mi pobre padre. El señor Morrel murió dejando quinientos mil francos de fortuna; yo tenía una mitad y mi hermana la otra, pues sólo éramos dos hermanos. Su marido, que se había casado con ella sin tener ningún otro patrimonio más que su noble probidad, su inteligencia de primer orden y su reputación sin tacha, quiso tener tanto como su mujer. Trabajó hasta conseguir doscientos cincuenta mil francos; necesitó seis años. Era, señor conde, se lo juro, un espectáculo encantador el ver a estos dos jóvenes tan laboriosos, tan unidos, destinados por su capacidad a la mayor fortuna, y que, al no querer cambiar nada en las costumbres de la casa paterna, necesitaron seis años en llevar a cabo lo que, si hubiesen sido innovadores, hubiesen hecho en dos o en tres; en Marsella se oyen todavía las alabanzas que no pudieron rechazar por tan valiente abnegación. Finalmente, un día, Emmanuel habló con su mujer cuando acababa de pagar el último plazo.







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