El Conde de Montecristo

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»“Julie”, le dijo, “estos son los últimos cien francos que acaba de remitirme Coclès y que completan los doscientos cincuenta mil que fijamos como límite de nuestras ganancias. ¿Estarás satisfecha con lo poco que tendremos que contentarnos a partir de ahora? Escucha, la casa tiene una cifra de negocios de un millón al año, y puede reportar cuarenta mil francos de beneficio. Venderemos, si queremos, la clientela en una hora por trescientos mil francos, pues tengo aquí una carta del señor Delaunay que nos lo ofrece a cambio de nuestro fondo que quiere unir al suyo. Piensa lo que te parece que hagamos”.

»“Amigo mío”, dijo mi hermana, “la casa Morrel sólo puede ser llevada por un Morrel. Salvar para siempre de la mala racha de la fortuna el nombre de mi padre, ¿no vale eso trescientos mil francos?”.

»“Eso es lo que yo pensaba”, respondió Emmanuel; “sin embargo, quería saber tu opinión”.

»“Pues bien, amigo mío, ya está. Todas nuestras entradas están hechas, todas nuestras cuentas, pagadas; podemos poner una raya debajo de las cuentas de esta quincena y cerrar el negocio; pongamos esa raya y cerremos.” Lo que fue hecho al instante mismo. Eran las tres de la tarde; a las tres y cuarto un cliente se presentó para asegurar la travesía de dos navíos; representaba un beneficio de quince mil francos contantes.


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