El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo »“Señor”, dijo Emmanuel, “tenga a bien dirigirse para ese seguro a nuestro colega el señor Delaunay. En cuanto a nosotros, nosotros hemos dejado el negocio”.
»“¿Y desde cuándo?”, preguntó el cliente asombrado.
»“Desde hace un cuarto de hora.”
»Y he ahí, señor —continuó Maximilien sonriendo—, cómo mi hermana y mi cuñado no tienen más que veinticinco mil libras de renta.
Maximilien apenas había acabado su narración, durante la cual el corazón del conde se dilataba cada vez más, cuando reapareció Emmanuel, con sombrero y levita. Saludó como quien conoce la calidad del visitante; después, tras haber paseado al conde por el jardín florido, le llevó hacia la casa.
El salón estaba ya perfumado con las flores que apenas cabían en un inmenso jarrón de Japón de grandes asas. Julie, convenientemente vestida y coquetamente peinada —había llevado a cabo esa proeza en diez minutos—, se presentó para recibir al conde a la entrada.
Se oía el piar de los pájaros de una pajarera cercana; las ramas de los cítisos y de las acacias rosas venían a bordear con sus racimos de flores las cortinas de terciopelo azul. Todo en este encantador refugio respiraba calma, desde el canto de los pájaros hasta la sonrisa de los dueños.