El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El conde, desde su llegada, se habÃa impregnado ya de esa dicha; se habÃa quedado mudo, pensativo, olvidando que esperaban que retomase la conversación interrumpida después de los primeros cumplidos.
Él se dio cuenta de ese silencio que ya casi era inconveniente, y apartándose con esfuerzo de sus pensamientos:
—Señora —dijo al fin—, perdone mi emoción que debe causarle asombro, a usted, acostumbrada a la paz y a la dicha que encuentro aquÃ; pero, para mÃ, es algo tan nuevo ver la satisfacción en un rostro humano, que no me canso de mirarla a usted y a su marido.
—Somos muy felices, en efecto, señor —replicó Julie—; pero hemos tenido que sufrir durante largo tiempo, poca gente ha comprado su felicidad a un precio tan alto como nosotros.
La curiosidad asomó a la expresión del conde.
—¡Oh! Es toda una historia de familia, como le decÃa el otro dÃa a Château-Renaud —repuso Maximilien—; para usted, señor conde, acostumbrado a ver ilustres desgracias y alegrÃas espléndidas, tendrÃa poco interés este cuadro hogareño. Sin embargo, como acaba de decirle Julie, hemos padecido grandes sufrimientos, aunque estuviesen encerrados en este pequeño marco…
—¿Y Dios les ha dado, como hace con todos, el consuelo entre tanto dolor? —preguntó Montecristo.