El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Sí, señor conde —dijo Julie—; podemos decirlo así, pues Dios ha hecho por nosotros lo que hace por sus elegidos: nos envió a uno de sus ángeles.

El rubor subió a las mejillas del conde, tosió para tener una manera de disimular su emoción llevándose un pañuelo a la boca.

—Los que han nacido en cuna de púrpura y nunca han deseado nada —dijo Emmanuel— no saben lo que significa la dicha de vivir; lo mismo que los que no conocen el valor de un cielo puro, que nunca han entregado su vida a la merced de cuatro tablas lanzadas sobre un mar embravecido.

Montecristo se levantó y, sin decir nada, pues el temblor de su voz delataría la emoción en la que estaba inmerso, se puso a andar por el salón.

—Nuestra magnificencia le hace sonreír, señor conde —dijo Maximilien, que seguía a Montecristo con la mirada.

—No, no —respondió el conde muy pálido y comprimiéndose con una mano los latidos de su corazón, mientras que con la otra mostraba al joven un globo de cristal bajo el que una bolsa de seda reposaba preciosamente sobre una almohadilla de terciopelo negro—. Solamente me preguntaba para qué sirve esa bolsa, que, por una parte contiene un papelito, me parece, y por otra un estupendo diamante.

Maximilien se puso serio y respondió:


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