El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Esto, señor conde, es el más preciado de nuestros tesoros de familia.
—En efecto, este diamante es bastante hermoso —replicó Montecristo.
—¡Oh! Mi hermano no le habla del precio de la piedra, aunque esté estimada en cien mil francos, señor conde; él quiere solamente decirle que los objetos que guarda esa bolsa son las reliquias del ángel del que hablábamos ahora.
—Eso es lo que yo no sabrÃa comprender, y sin embargo es lo que no deberÃa preguntar, señora —replicó Montecristo haciendo una inclinación—; perdóneme, no quise ser indiscreto.
—¿Indiscreto, dice usted? ¡Oh! ¡Usted me hace muy feliz, señor conde, al contrario, al ofrecerme la ocasión de hablar extensamente sobre ello! Si ocultáramos como un secreto la hermosa acción recordada en esta bolsa, no la expondrÃamos asÃ, a la vista de todos. ¡Oh! Nos gustarÃa poderlo publicar por todo el universo, para que un estremecimiento de nuestro benefactor desconocido nos revelase su presencia.
—¡Oh! ¡De verdad! —dijo Montecristo con voz ahogada.