El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Pero en materia de especulación, el hombre propone y el dinero dispone; la calle bautizada murió en la cuna; el que compró el huerto, después de haberlo pagado cabalmente, no pudo encontrar la manera de venderlo por la suma que quería, y esperando un alza de precios, que no puede faltar un día u otro, para indemnizarle más allá de sus pérdidas pasadas y de su capital en reposo, se contentó con alquilar ese reducto a unos hortelanos, mediante la suma de quinientos francos al año.
Es dinero invertido a medio punto por ciento, lo que no es caro en los tiempos que corren, donde hay tanta gente que lo coloca al cincuenta, y que aún les parece que el dinero reporta un pobre beneficio.
Con todo, como hemos dicho, la verja del jardín, que antaño daba al huerto, está condenada, y la herrumbre carcome los goznes; hay incluso más: para que los innobles hortelanos no manchen con sus miradas vulgares el interior del recinto aristocrático, se aplicó a los barrotes un parapeto de tablas hasta la altura de seis pies. Es cierto que las tablas no están tan juntas como para que no se pueda deslizar una mirada furtiva entre los intersticios; pero esa casa es una casa severa, y no teme las indiscreciones.