El Conde de Montecristo

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Capítulo LI

Píramo y Tisbe

Pasados dos tercios del Faubourg Saint-Honoré, detrás de un hermoso palacete, notable entre las notables viviendas de ese rico barrio, se extiende un vasto jardín, cuyos espesos castaños sobrepasan los enormes muros, altos como murallas, y dejan caer, cuando llega la primavera, sus flores rosas y blancas sobre dos jarrones de piedra acanalada colocados paralelamente sobre dos pilastras cuadrangulares en las que se encaja una verja de hierro de los tiempos de Luis XIII.

Esta grandiosa entrada está condenada, a pesar de los magníficos geranios que crecen en los dos jarrones y que balancean al viento sus hojas jaspeadas y sus flores de púrpura, está condenada desde que los propietarios del palacio, y eso data ya de hace tiempo, se limitaron a la posesión del palacete, del patio plantado de árboles que da a la calle y del jardín cerrado por esa verja, la cual daba en otro tiempo a un magnífico huerto de un arpende de extensión, anexionado a la propiedad. Pero el demonio de la especulación, habiendo trazado una línea, es decir una calle, al extremo de ese huerto, y la calle, antes de ser tal, habiendo recibido ya un nombre, gracias a una placa de hierro oscurecido, se pensó que se podía vender ese huerto para construir a los lados de la calle, y hacer la concurrencia a esa gran arteria de París que se llama Faubourg Saint-Honoré.


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