El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Por muy rápida que hubiera sido esa mirada, a Villefort le bastó para hacerse una idea del hombre que tenía que interrogar: había reconocido la inteligencia en esa frente ancha y despejada, el valor en esos ojos fijos y ese ceño fruncido, y la franqueza en esos labios espesos y medio abiertos, que dejaban ver una doble fila de dientes blancos como el marfil.
La primera impresión había sido favorable a Dantès; pero Villefort había oído decir tan a menudo, como frase de profunda política, que había que desconfiar del primer impulso, dado que era el bueno, aplicó la máxima a la primera impresión, sin tener en cuenta la diferencia que hay entre las dos palabras.
Ahogó, pues, los buenos instintos que querían invadir su corazón para desde allí dar el salto a su mente, compuso ante el espejo su cara de los grandes días y se sentó, sombrío y amenazador, ante su mesa de despacho.
Un instante después, entró Dantès.
El joven seguía estando pálido, pero tranquilo y sonriente; saludó al juez con una cortesía de cierta soltura, después, buscó con los ojos un asiento, como si estuviera en el salón de los armadores Morrel.