El Conde de Montecristo

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«¡Vamos, vamos!», se dijo a sí mismo, «“devuélvanos…”, ¿es que ese Dantès estará afiliado a alguna secta de carbonari como para que su protector emplee así, sin pensarlo, esa fórmula colectiva? Le arrestaron en un cabaret, según me ha dicho, creo, el comisario; y en numerosa compañía», añadió: «¿será alguna asamblea?».

Y dijo en voz alta:

—Señor, puede estar perfectamente tranquilo, y usted no habrá apelado inútilmente a mi justicia si el acusado es inocente; pero si, por el contrario, es culpable, vivimos en una época difícil, señor, en la que la impunidad sería un fatal ejemplo: me veré, pues, forzado a cumplir con mi deber.

Y tras esto, como ya había llegado a la puerta de su casa, adosada al Palacio de Justicia, entró majestuosamente, después de saludar con una glacial cortesía al desgraciado armador, que se quedó como petrificado en el sitio en el que Villefort se apartó de él.

La antecámara estaba llena de gendarmes y de agentes de policía; en medio de ellos, vigilado, rodeado de miradas ardientes de odio, se mantenía de pie, tranquilo e inmóvil, el prisionero.

Villefort atravesó la antecámara, echó una mirada oblicua a Dantès y, después de coger el legajo que le remitió un agente, desapareció diciendo:

—Que traigan al prisionero.


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