El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Usted sabe, señor, que se puede ser dulce en la vida privada, probo en sus relaciones comerciales, sabio en su profesión, y no por eso dejar de ser un gran culpable, políticamente hablando; usted lo sabe, ¿no es así, señor?

Y el magistrado recalcó esas últimas palabras como si quisiera aplicárselas al mismo armador, mientras que su mirada escrutadora parecía querer penetrar hasta el fondo de este hombre, tan osado como para interceder por alguien, cuando debía saber que él mismo tenía necesidad de indulgencia.

Morrel se sonrojó, pues no tenía la conciencia muy clara en relación con las opiniones políticas; y además, la confidencia que le hizo Dantès, respecto a su entrevista con el gran mariscal y a esas palabras que le había dirigido el emperador, le turbaba un poco. Sin embargo, añadió con el acento del más profundo interés:

—¡Se lo suplico, señor de Villefort, sea justo como usted debe serlo, bueno como siempre lo es usted, y devuélvanos pronto a ese pobre Dantès!

Ese «devuélvanos» sonó a revolucionario en el oído del sustituto del fiscal del rey.


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