El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—De diecinueve o veinte años a lo más.

En ese momento, y cuando Villefort, siguiendo la Grande-Rue había llegado a la esquina de la calle de los Conseils, un hombre, que parecía que le esperaba, le abordó: era el señor Morrel.

—¡Ah! ¡Señor de Villefort! —exclamó el buen hombre al ver al sustituto—. Estoy encantado de encontrarle. Imagínese que se acaba de cometer un error de lo más extraño, de lo más inaudito: acaban de arrestar al segundo de mi barco, Edmond Dantès.

—Lo sé, señor —dijo Villefort—; vengo para interrogarle.

—¡Oh! Señor —continuó el señor Morrel, llevado por su amistad hacia el joven—, usted no conoce a la persona a la que se acusa, y yo sí, yo la conozco: imagínese, el hombre más dulce, el más probo, me atrevería casi a decir que es el que conoce mejor su oficio de toda la marina mercante. ¡Oh, señor de Villefort! Se lo recomiendo sinceramente y con todo mi corazón.

Villefort, como se ha podido ver, pertenecía al partido noble de la ciudad, y Morrel al partido plebeyo; el primero era realista ultra, al segundo se le sospechaba secretamente bonapartista. Villefort miró desdeñosamente a Morrel y le respondió con frialdad:


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