El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Toxicología[1]
Era exactamente el señor conde de Montecristo quien acababa de entrar en casa de la señora de Villefort, con la intención de devolver la visita hecha por el señor fiscal, y al oír ese nombre, toda la casa, como se comprenderá, se había alterado.
La señora de Villefort, que estaba en el salón cuando anunciaron al conde, llamó enseguida a su hijo para que el niño le reiterase su agradecimiento; y Édouard, que no había dejado de oír hablar desde hacía dos días del gran personaje, se apresuró a acudir, no por obedecer a su madre, no por dar las gracias al conde, sino por curiosidad y por hacer alguna observación que le ayudara a colocar una de sus pullas hirientes, de esas que hacían decir a su madre: «¡Oh, qué niño tan malo! Pero tengo que perdonarle, ¡tiene tanto ingenio!».
Después de las primeras cortesías al uso, el conde preguntó por el señor de Villefort.
—Mi marido cena en casa del señor Canciller —respondió la joven dama—; acaba de salir ahora mismo, y lamentará mucho, estoy segura, el haberse visto privado de la dicha de verle.
Dos visitantes, que habían precedido al conde en el salón, y que le devoraban con los ojos, se retiraron después de un tiempo razonable, tiempo que cumpliera a la vez con la cortesía y con la curiosidad.