El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—A propósito, ¿qué hace tu hermana Valentine? —dijo la señora de Villefort a Édouard—. Que le avisen para que yo tenga el honor de presentarla al señor conde.

—¿Tiene usted una hija, señora? —preguntó el conde—. Debe ser una chiquilla.

—Es hija del señor de Villefort —replicó la joven dama—; una hija de su primer matrimonio, una gran y bella persona.

—Pero melancólica —interrumpió el joven Édouard arrancando, para hacer un penacho a su sombrero, las plumas de la cola de un magnífico guacamayo que chillaba de dolor en su percha dorada.

La señora de Villefort se contentó con decir: «¡silencio, Édouard!». Y continuó:

—Este jovencito atolondrado tiene algo de razón, y repite lo que ha oído decir tantas veces con pena, pues la señorita de Villefort, a pesar de todo lo que hacemos para distraerla, es de un carácter triste y de un humor taciturno que, a menudo, empaña el efecto de su belleza. Pero, no viene; Édouard, mira a ver por qué.

—Porque la buscan donde no está.

—¿Dónde la buscan?

—En las habitaciones del abuelo Noirtier.

—¿Y crees que no está allí?

—No, no, no, no, no, no está allí —respondió Édouard canturreando.


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