El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Ah! Es cierto, señorita —exclamó Montecristo, como si esa simple indicación bastase para fijar todos sus recuerdos—. Fue en Perugia, el día del Corpus, en el jardín de la Hostelería de la Posta, donde el azar nos reunió, a usted, a la señorita, a su hijo y a mí, y donde recuerdo haber tenido el honor de verla.

—Recuerdo perfectamente Perugia, señor, y la Hostelería de la Posta, y la fiesta de la que usted habla —dijo la señora de Villefort—; pero por más que interrogo a mis recuerdos, y me avergüenzo de mi poca memoria, no recuerdo haber tenido el honor de conocerle.

—Es raro, yo tampoco —dijo Valentine levantando sus hermosos ojos hacia el conde.

—¡Ah! Yo sí que me acuerdo —dijo Édouard.

—Voy a ayudarla, señora —repuso el conde—. La jornada había sido abrasadora; usted esperaba a los caballos, que no llegaban a causa de la solemnidad. La señorita se alejó hacia las profundidades del jardín, y su hijo desapareció corriendo tras un ave.

—La atrapé, mamá, sabes —dijo Édouard—, le arranqué tres plumas de la cola.

—Usted, señora, estaba bajo el emparrado; ¿no recuerda?, mientras usted estaba sentada en un banco de piedra, y mientras que, como le he dicho, la señorita de Villefort y su hijo estaban lejos, ¿no recuerda haber charlado un rato largo con alguien?


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