El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Pero no es en sociedad donde yo haya visto a la señorita, ni tampoco a usted, señora, asà como a este encantador diablillo. Por otra parte, la sociedad parisina me es totalmente desconocida, pues creo haber tenido ya el honor de decirle que estoy en ParÃs desde hace sólo algunos dÃas. No, si permite que recuerde… espere…
El conde se puso la mano en la frente para concentrar todos sus recuerdos:
—No, era fuera… es… no sé, pero me parece que es un recuerdo inseparable a un hermoso sol y a una especie de fiesta religiosa… la señorita llevaba flores en la mano; el niño correteaba tras un pavo en un parque, y usted, señora, usted estaba bajo un emparrado en forma de arco… Ayúdeme, señora; ¿es que lo que le digo no le recuerda nada?
—No, de verdad —respondió la señora de Villefort—; y sin embargo, me parece, señor, que si le hubiera visto en alguna parte, su recuerdo seguirÃa presente en mi memoria.
—¿El señor conde no nos verÃa tal vez en Italia? —dijo tÃmidamente Valentine.
—En efecto, en Italia… es posible —dijo Montecristo—. ¿Ha visitado usted Italia, señorita?
—La señora y yo fuimos hace dos años. Los médicos temÃan por mi pecho y me recomendaron los aires de Nápoles. Pasamos por Bolonia, Perugia y Roma.