El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—La señorita de Villefort, mi hijastra —dijo la señora de Villefort a Montecristo, incorporándose en el sofá y señalando con la mano a Valentine.

—Y el señor conde de Montecristo, rey de la China y emperador de la Cochinchina —dijo el graciosillo muchacho echando una mirada burlona a su hermana.

Esta vez la señora de Villefort palideció, y estuvo a punto de enfadarse con esa plaga doméstica que respondía al nombre de Édouard; pero, por el contrario, el conde sonrió y pareció mirar al niño con complacencia, lo que llevó a su madre al colmo de la alegría y del entusiasmo.

—Pero, señora —repuso el conde, reanudando la conversación y mirando alternativamente a la señora de Villefort y a Valentine—, ¿es que no he tenido ya el honor de verlas a ustedes anteriormente en algún otro sitio? Estaba pensando en ello, y cuando la señorita entró, el verla ha sido como un resplandor más sobre un recuerdo confuso, perdone esta palabra.

—No es probable, señor; a la señorita Villefort le gusta poco salir, y nosotros tampoco salimos sino en muy raras ocasiones —dijo la joven señora.


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