El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo La señora de Villefort absorbÃa con avidez esas espantosas máximas y esas horribles paradojas declamadas por el conde con esa ingenua ironÃa que le era tan particular.
Después, tras un instante de silencio:
—¿Sabe usted —dijo ella—, señor conde, que es usted un terrible argumentador y que ve usted el mundo bajo una luz un poco lÃvida? ¿Es porque contempla usted a la humanidad a través de sus alambiques y de sus retortas de laboratorio por lo que la juzga de ese modo? Pues tenÃa usted razón, es usted un gran quÃmico y ese elixir que dio a mi hijo, y que le devolvió tan rápidamente a la vida…
—¡Oh! No se fÃe usted, señora —dijo Montecristo—, una gota de ese elixir bastó para volver en sà a ese niño que se morÃa, pero tres gotas hubiesen llevado la sangre a sus pulmones de manera que le hubiese producido fuertes latidos del corazón; seis, le hubiesen cortado la respiración y causado un sÃncope mucho más grave que el que se querÃa remediar; diez, le hubiesen fulminado. Usted sabe, señora, cómo le aparté rápidamente de esos frascos que imprudentemente querÃa tocar.
—¿Entonces, es un veneno terrible?