El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Oh! ¡Dios mÃo, no! En primer lugar, admitamos que la palabra veneno no existe, puesto que en medicina se usan venenos más fuertes que, según la manera de administrarlos, se convierten en remedios saludables.
—¿Entonces, qué era eso?
—Era una sabia preparación de mi amigo, ese excelente abate Adelmonte, y que también me enseñó a usarlo.
—¡Oh! —dijo la señora de Villefort—. Debe ser un excelente antiespasmódico.
—Soberano, señora, usted lo vio —respondió el señor conde—, yo lo uso a menudo, con toda la prudencia posible —añadió riendo.
—Lo creo —replicó en el mismo tono la señora de Villefort—. En cuanto a mÃ, tan nerviosa y con tanta facilidad para desmayarme como tengo, necesitarÃa de un doctor Adelmonte para que me inventara algún remedio para respirar bien y tranquilizarme ante el temor que siento de morir un buen dÃa sofocada. Mientras tanto, como eso es muy difÃcil de conseguir en Francia, y su abate no está probablemente dispuesto a hacer por mà un viaje a ParÃs, me conformo con los antiespasmódicos del señor Planche, y la menta y las gotas de Hoffmann que gozan para mà de un gran predicamento. Mire, aquà tengo estas pastillas que hace expresamente para mÃ; son de una dosis doble.