El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Montecristo abrió la cajita de concha que le presentaba la joven señora, y respiró el aroma de las pastillas, como un experto digno de apreciar esa preparación.

—Son exquisitas —dijo—, pero tienen que ser necesariamente tragadas, función que a menudo es imposible cumplir por parte de la persona desvanecida. Prefiero mi específico.

—Pues, por supuesto que yo también lo preferiría, sobre todo después de los efectos que he visto; pero es un secreto, sin duda, y no soy lo suficientemente indiscreta como para pedírselo.

—Pero yo, señora —dijo Montecristo levantándose—, soy lo suficientemente galante como para ofrecérselo.

—¡Oh! Señor.

—Solamente recuerde una cosa, y es que a pequeñas dosis es un remedio, a grandes dosis es un veneno. Una gota devuelve la vida, como usted vio; cinco o seis matarían infaliblemente, y de una manera tan terrible que mezcladas en un vaso de vino no cambiarían en absoluto el sabor del vino. Pero, me detengo aquí, señora, pues casi parece que le estoy aconsejando.

Acababan de dar las seis y media, anunciaron a una amiga de la señora de Villefort que venía a cenar con ella.


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