El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Si yo hubiera tenido el honor de verle a usted por tercera o cuarta vez, señor conde, en lugar de haberle visto sólo en esta segunda ocasión —dijo la señora de Villefort—; si yo tuviera el honor de ser su amiga, en lugar de tener simplemente la dicha de ser su agradecida, insistiría para retenerle a cenar, y no me dejaría vencer por una simple negativa.

—Mil gracias, señora —respondió Montecristo—, yo mismo tengo un compromiso al que no puedo faltar. He prometido llevar a ver un espectáculo a una princesa griega amiga mía, que todavía no ha visto la Gran Ópera, y que cuenta conmigo para que la acompañe.

—Vaya, señor, pero no olvide mi receta.

—¡Cómo, señora! Tendría entonces que olvidarme de la hora de conversación que acabo de pasar con usted, lo que es del todo imposible.

Montecristo saludó y se marchó.

La señora de Villefort se quedó pensativa.

«Este sí que es un hombre extraño», se dijo, «y diría que se llama, como nombre de pila, Adelmonte».

En cuanto a Montecristo, el resultado había superado sus expectativas.

«Vamos», se dijo mientras se marchaba, «esta es una buena tierra, estoy convencido de que el grano que caiga en ella no se perderá».


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