El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Robert le diable[1]
La disculpa de la Ópera era tanto más excelente cuanto que aquella misma velada había sesión solemne en la Académie Royale de Musique. Levasseur, después de una larga indisposición, volvía en el papel de Bertram y, como siempre, la obra del maestro de moda había atraído a la más brillante sociedad de París.
Morcerf, como la mayoría de los jóvenes ricos, tenía su butaca de patio, más diez palcos de personas de su entorno a las que podía ir a pedir un asiento, sin contar el que tenía derecho a ocupar en el palco de los lions.
Château-Renaud ocupaba la butaca contigua.
Beauchamp, en su calidad de periodista, era el rey de la sala y tenía un sitio en todas partes.
Aquella noche, Lucien Debray tenía a su disposición el palco de platea del ministro, y le había ofrecido una invitación al conde de Morcerf, pero, tras la negativa de Mercedes, este se la había enviado a Danglars, avisándole de que probablemente iría a lo largo de la velada a hacer una visita a la baronesa y a su hija, si dichas damas tenían a bien aceptar el palco que le proponía. Las damas no lo habían rechazado. Nadie como un millonario es tan deseoso de palcos que no cuestan nada.