El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El mayor Cavalcanti
Ni el conde ni Baptistin habían mentido al anunciar a Morcerf la visita del mayor luqués, que servía a Montecristo de pretexto para rechazar la cena que el vizconde le ofrecía.
Acababan de dar las siete, y Bertuccio, obedeciendo la orden recibida, había salido desde hacía dos horas hacia Auteuil, cuando un coche de alquiler se detuvo ante la puerta del palacete, y pareció escabullirse todo vergonzoso en cuanto dejó cerca de la verja a un hombre de unos cincuenta y dos años, vestido con uno de esos redingotes verdes con galones negros cuya especie es imperecedera, por lo que parece, en Europa. Un amplio pantalón de paño azul, unas botas todavía bastante limpias, aunque de un brillo incierto y con suelas un poco demasiado gruesas, unos guantes de ante, un sombrero que se acercaba más a un gorro de gendarme, un cuello negro, bordado con una orla blanca que, si su propietario no la hubiera llevado por su propia y entera voluntad, hubiera podido pasar por un collarín de tortura; así era el pintoresco atuendo bajo el que se presentó el personaje que llamó a la verja preguntando si era ese el número 30 de la avenida de los Champs-Elysées, donde vivía el señor conde de Montecristo, y que, tras la respuesta afirmativa del portero, entró, cerró la puerta tras él y se dirigió hacia la escalinata.