El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Lo que encuentre usted en sus baúles.
—¡Cómo en mis baúles! No llevo más que un portamantas.
—Durante el viaje, sin duda, ¿para qué llenarse de cosas? Además, a un viejo soldado le gusta andar ligero de equipaje.
—Por eso, justamente…
—Pero usted es hombre precavido, y envió sus baúles por adelantado. Llegaron ayer al Hôtel des Princes, calle Richelieu. Allà es donde reservó usted alojamiento.
—¿Entonces, en los baúles…?
—Presumo que usted tuvo la precaución de que su ayuda de cámara pusiese todo lo que va a necesitar: trajes de paisano, uniformes. En circunstancias importantes, póngase el uniforme, eso hace elegante. No olvide la medalla. En Francia se rÃen pero se sigue llevando.
—¡Muy bien, muy bien, muy bien! —dijo el mayor, que iba de asombro en asombro.
—Y ahora —dijo Montecristo— que su corazón se ha fortalecido contra las emociones demasiado fuertes, prepárese, querido señor Cavalcanti, para volver a ver a su hijo Andrea.
Y haciendo un gentil saludo al maravillado, al extasiado luqués, Montecristo desapareció tras el tapiz.