El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Andrea Cavalcanti
El conde de Montecristo entró en el salón contiguo que Baptistin había designado bajo el nombre de salón azul, y donde acababa de precederle un joven de maneras desenvueltas, bastante elegantemente vestido, y al que un cabriolé de alquiler, una media hora antes, le había dejado a la puerta del palacete. A Baptistin no le había costado trabajo reconocerle; era exactamente ese muchacho alto, de cabello rubio y barba pelirroja, pero de ojos negros, cuyo color rojo y piel resplandeciente de blancura le habían sido descritos por su amo.
Cuando el conde entró en el salón, el joven estaba negligentemente recostado en un sofá, dando distraídamente golpecitos a su bota con una pequeña caña con pomo de oro.
Al ver a Montecristo, se levantó con celeridad.
—¿El señor es el conde de Montecristo? —dijo.
—Sí, señor —respondió este—, ¿y yo tengo el honor de dirigirme, creo, al señor vizconde Andrea Cavalcanti?
—El vizconde Andrea Cavalcanti —repitió el joven acompañando estas palabras con un saludo lleno de desenvoltura.
—¿Usted debe tener una carta que le acredite ante mí? —dijo Montecristo.