El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Mmm! ¿Quién puede responder de las circunstancias, mi querido señor? El hombre propone y Dios dispone…

Andrea suspiró.

—Pero, en fin —dijo—, el tiempo que me quede en París, y… si no hay circunstancia alguna que me obligue a marcharme, ¿ese dinero del que me hablaba me estará garantizado?

—¡Oh! Perfectamente.

—¿Asegurado por mi padre? —preguntó Andrea con inquietud.

—Sí, y garantizado por lord Wilmore, que, a demanda de su padre, le ha abierto a usted un crédito de cinco mil francos al mes en Danglars, uno de los más seguros banqueros de París.

—¿Y mi padre cuenta con quedarse mucho tiempo en París? —preguntó Andrea con inquietud.

—Unos días solamente —respondió Montecristo—, su servicio no le permite ausentarse más de dos o tres semanas.

—¡Oh! ¡Mi querido padre! —dijo Andrea visiblemente encantado de esa corta estancia.

—Así que —dijo Montecristo, fingiendo ignorar los verdaderos sentimientos de las palabras del joven—; así que no quiero retrasar un instante más su encuentro. ¿Está usted preparado para abrazar al digno señor Cavalcanti?


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