El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —SÃ, ciertamente —repuso Montecristo—; pero lord Wilmore no me ha dejado ignorar, querido señor Andrea, que usted ha tenido una juventud un poco… tormentosa. ¡Oh! —prosiguió el conde al ver el impulso de Andrea—. Yo no le pido una confesión; por otra parte, para que usted no necesite a nadie, hemos hecho venir de Lucca al señor marqués de Cavalcanti, su padre. Va usted a verle, es un poco rÃgido, un poco estirado, pero es una cuestión de uniforme, y cuando se sepa que desde hace dieciocho años está al servicio de Austria, se le excusará de todo; no somos, en general, exigentes con los austriacos. En suma, es un padre muy suficiente, se lo aseguro.
—¡Ah! Eso me tranquiliza, señor; nos separaron hace tanto tiempo que no guardo de él ningún recuerdo.
—Y además, usted sabe, una gran fortuna deja atrás cualquier cosa.
—¿Entonces mi padre es realmente rico, señor?
—Millonario…, quinientas mil libras de renta.
—¿Entonces —preguntó el joven con ansiedad—, me encontraré en una posición… agradable?
—De las más agradables, mi querido señor; eso supone unas cincuenta mil libras de renta al año, durante todo el tiempo que usted permanezca en ParÃs.
—Pues, en ese caso, me quedaré para siempre.